MEDIACIÓN INTRAJUDICIAL EN EL ÁMBITO PENAL

El pasado domingo LA VOZ DE GALICIA en sus páginas locales  recogió una noticia con un título un tanto provocador: “¿Estaría usted dispuesta a sentarse con el hombre que la violó?”

Quiero pensar,  sobre todo después de leer el contenido del artículo, que el periodista no pretendía frivolizar con un tema tan serio.

El Derecho Penal cumple varias funciones en nuestro sistema social: una primera,  función retributiva (el infractor debe de pagar lo que ha hecho, “el que la hace, la paga”), una segunda,  función de prevención general (con el castigo del delito se pretende impedir que en el futuro ese delito se cometa por otros o por el mismo delincuente) y una tercera, función de reeducación y reinserción social (con la pena se pretende la reforma, corrección y readaptación social del infractor), y nadie pone en duda que es un instrumento necesario para el funcionamiento de nuestra sociedad. La cuestión, a mi modo de ver,  es si el derecho penal actualmente está cumpliendo con estas tres funciones o si por el contrario únicamente está cumpliendo una función meramente retributiva. La experiencia, en mi caso,  me dice que  el derecho penal acaba reduciéndose a la imposición de la pena para el infractor.

El infractor es sancionado por su conducta delictiva, pero al procedimiento penal  no le importa si éste ha reflexionado o no sobre lo que ha hecho,  sobre lo que le ha llevado a actuar así, sobre a quién ha podido afectar con su conducta, , sobre cómo pudo sentirse esa persona con nombres y apellidos, sobre si le gustaría reparar lo que ha hecho o sobre cómo podría reparar lo que ha hecho.

El perjudicado, por su lado,  es “reparado” supuestamente por el sistema, pero sólo supuestamente, porque en el mejor de los casos ha percibido una indemnización,  que para nada repara lo que ha sentido, lo que ha vivido. En el procedimiento penal no importa lo que ha sentido el perjudicado cuando ha sido víctima de un delito, ni cómo ha vivido esa situación traumática, ni cómo le ha afectado a su vida,  ni da respuesta a multitud de preguntas que tiene en su cabeza, ni por supuesto le da lo que necesita para superar este trauma.

Y es que sólo desde esa reflexión puede conseguirse la prevención, la reeducación y la reinserción social. En realidad, la mediación penal sólo puede entenderse desde la concepción de JUSTICIA RESTAURATIVA. La justicia restaurativa apela a lo mejor del infractor y del perjudicado, porque sólo desde una reflexión personal individual de ambos  se puede llegar a  un encuentro dialogado del que salga una verdad común, que dé a cada uno lo suyo: al perjudicado una verdadera reparación y al infractor un reconocimiento del daño ocasionado como paso previo para su responsabilización y por tanto, para la reparación del mismo.

¿Significa eso que la mediación penal es posible en todos los supuestos delictivos y para todas las personas? Pues, evidentemente NO, por eso me parecen frívolos, titulares como “¿Estaría usted dispuesta a sentarse con el hombre que la violó?” Para empezar porque  la mediación penal no conlleva la exoneración del infractor -aunque sí que es cierto que de algún modo se va reconocer el esfuerzo del infractor con una rebaja en la pena- sino que lo que  busca es la verdad de lo ocurrido, la responsabilización del infractor, y la reparación del daño del perjudicado como paso previo para la aplicación de los beneficios penales, y todo ello a través de la reflexión individual de infractor y perjudicado, siempre dirigida por el mediador en entrevistas individuales y separadas, para finalmente, buscar el encuentro dialogado entre infractor y víctima si fuere posible, lógicamente, dirigido también por el mediador y siempre desde el respeto y la verdad.

Así que, no tengamos miedo a una manera distinta de hacer las cosas porque tenemos la garantía de que la mediación penal se lleva a cabo dentro del procedimiento penal, y por tanto, antes de realizar su ofrecimiento al infractor y al perjudicado, se realizará un estudio previo  por parte del Juez y del Ministerio Fiscal que determinará si es aconsejable o no ese ofrecimiento en cada caso concreto. En cualquier caso, pasado ese filtro previo, la última palabra la tienen infractor y perjudicado, que son libres de decidir si quieren participar en una experiencia, que sigue un esquema muy determinado:  Entrevista/s con el infractor, entrevista/s con el perjudicado y encuentro dialogado.  Lo que se traduce en que, primeramente, el mediador se entrevistará individualmente y en días distintos con infractor y perjudicado. He aquí el segundo filtro, pues el mediador no propiciará el encuentro dialogado mientras uno y otro no estén preparados para ello, lo  que garantiza en todo caso la seguridad del perjudicado y que no se producirá ese encuentro en tanto en cuanto ambos no estén a un mismo nivel emocional .

                                                                                                                             MARÍA JESÚS FERREIRO VIÑA

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